sábado, 11 de diciembre de 2010

Un llamado

Hay un lugar a donde voy
y no comprendo
la voz que desde allende
me conjura.
¿qué será de la noche cuando ahogue
su nombre en las promesas
de sus almas cohabitadas?

¿qué será de la atmósfera
siempre láctea de los olvidos?

¿qué será?

Yo necesito un nombre 
para presentarme ante el destino,

porque este sueño es todo cuanto tengo
y no me alcanza

lunes, 15 de noviembre de 2010

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Cuando yo era un pequeño pez,
cuando sólo conocía las aguas del hermoso mar,
y recordaba muy vagamente haber sido
un árbol de alcanfor en las riberas del Caroní,
yo era feliz.
              
Después, cuando mi destino me hizo
reaparecer encarnada en la lentitud de un leopardo,
viví unos claros años de vigor y de júbilo,
conocí los paisajes perfumados por la flor del abedul,
y era feliz.
              
Y todo el tiempo que fui
cabalgadura de un guerrero en Etiopía,
luego de haber sido el tierno bisabuelo de un albatros,
y de venir de muy lejos diciendo adiós a mi envoltura
de sierpe de cascabel,
yo era feliz.
              
Mas sólo cuando un día
desperté gimoteando bajo la piel de un niño,
comencé a recordar con dolor los perdidos paisajes,
lloraba por algunos perfumes de mi selva, y por el humo
de las maderas balsámicas del Indostán.
Y bajo la piel de humano
ya llevo tanto sufrido, y tanto y tanto,
que sólo espero pasar, y disolverme de nuevo,
para reaparecer como un pequeño pez,
como un árbol en las riberas del Caroní,
como un leopardo que sube al abedul,
o como el antepasado de una arrogante ave,
o como el apacible dormitar de la serpiente junto al río,
o como esto o como lo otro ¿o por qué no?,
como una cuerda de la guitarra donde alguien,
sea quien sea,
toca interminablemente una danza que alegra de               
igual modo a la luna y al sol.


Gastón B.

martes, 21 de septiembre de 2010

Hildegarde

Todos los días mi voz se deslizaba con la garúa hacia la escalera que daba a la puerta de Hildegarde.
Nunca pude conocer un refugio mejor para el dolor  de mi vana cotidianeidad.
Tenía su habitación  el aroma de los cafetales en flor (o es, al menos, así como prefiero recordarlo); y la paz que en ella viví es inefable como toda experiencia mística perfecta.
Hildegarde lo cocinaba todo con miel; amasaba el pan con el fervor del alquimista y adornaba el centro de su mesa con las flores de estación.
No era de carcajadas, sino de leves sonrisas perfumadas de vainilla.
Muchas tardes la perseguí en un juego loco por la selva bajo una lluvia de mariposas desprevenidas.
Mas, ahora que la cercanía del mar me ha vuelto grave la recuerdo.
Cuando la lluvia de arena descubre la miseria de mi tienda, es el espíritu de Hildegarde quien todo lo ordena.
Adivino un faro en lo lejano de mi vasto invierno.
Hildegarde sabe mi nombre y me espera.

martes, 20 de julio de 2010

El gran pez


Yo te amo, ciudad,
aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza
amenazando disolverte el rostro numeroso,
cuando hasta el silente cristal en que resido
las estrellas arrojan su esperanza,
cuando sé que padeces,
cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos,
cuando mi piel te arde en la memoria,
cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando desciendes lívida y extática
en el sepulcro breve de la noche,
cuando alzas los párpados fugaces
ante el fervor castísimo,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
como un niño que dice acepto y pone su mejilla.

Yo te amo, ciudad,
porque te veo lejos de la muerte,
porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez, con tu radiante
rostro de un pez que se presiente libre;
porque la muerte llega y tú la sientes
cómo mueve sus manos invisibles,
cómo arrebata y pide, cómo muerde
y tú la miras, la oyes sin moverte, la desdeñas,
vistes la muerte de ropajes pétreos,
la vistes de ciudad, la desfiguras
dándole el rostro múltiple que tienes,
vistiéndola de iglesia, de plaza o cementerio,
haciéndola quedarse inmóvil bajo el río,
haciéndola sentirse un puente milenario,
volviéndola de piedra, volviéndola de noche
volviéndola ciudad enamorada, y la desdeñas,
la vences, la reclinas,
como si fuese un perro disecado,
o el bastón de un difunto,
o las palabras muertas de un difunto.

Yo te amo, ciudad
porque la muerte nunca te abandona,
porque te sigue el perro de la muerte
y te dejas lamer desde los pies al rostro,
porque la muerte es quien te hace el sueño,
te inventa lo nocturno en sus entrañas,
hace callar los ruidos fingiendo que dormitas,
y tú la ves crecer en tus entrañas,
pasearse en tus jardines con sus ojos color de amapola,
con su boca amorosa, su luz de estrella en los labios,
la escuchas cómo roe y cómo lame,
cómo de pronto te arrebata un hijo,
te arrebata una flor, te destruye un jardín,
y te golpea los ojos y la miras
sacando tu sonrisa indiferente,
dejándola que sueñe con su imperio,
soñándose tu nombre y tu destino.
Pero eres tú, ciudad, color del mundo,
tú eres quien haces que la muerte exista;
la muerte está en tus manos prisionera,
es tus casas de piedra, es tus calles, tu cielo.

Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente,
cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.

Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra,
yo soy quien vela el trazo de tu sueño,
quien conduce la luz hasta tus puertas,
quien vela tu dormir, quien te despierta;
yo soy un pez, he sido niño y nube,
por tus calles, ciudad, yo fui geranio,
bajo algún cielo fui la dulce lluvia,
luego la nieve pura, limpia lana, sonrisa de mujer,
sombrero, fruta, estrépito, silencio,
la aurora, lo nocturno, lo imposible,
el fruto que madura, el brillo de una espada,
yo soy un pez, ángel he sido,
cielo, paraíso, escala, estruendo,
el salterio, la flauta, la guitarra,
la carne, el esqueleto, la esperanza,
el tambor y la tumba.
Yo te amo, ciudad,
cuando persistes,
cuando la muerte tiene que sentarse
como un gigante ebrio a contemplarte,
porque alzas sin paz en cada instante
todo lo que destruye con sus ojos,
porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas,
y siempre estás, ciudad, ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.

Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella,
navegarte la dura superficie dejando el mar,
dejarlo con su espejo de formas moribundas,
donde nada recuerda tu existencia,
y perderme hacia ti, ciudad amada,
quedándome en tus manos recogido,
eterno pez, ojos eternos,
sintiéndote pasar por mi mirada
y perderme algún día dándome en nube y llanto,
contemplando, ciudad, desde tu cielo único y humilde
tu sombra gigantesca laborando,
en sueño y en vigilia,
en otoño, en invierno,
en medio de la verde primavera,
en la extensión radiante del verano,
en la patria sonora de los frutos,
en las luces del sol, en las sombras viajeras por los muros,
laborando febril contra la muerte,
venciéndola, ciudad, renaciendo, ciudad, en cada instante,
en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas.

domingo, 18 de julio de 2010

Verticalidad


todo el mundo necesita llamar
su existencia a lo invisible,
a la nada que es omnímoda matriz
de cuanto nos puebla,
al vértigo molecular de las distancias
por las que somos.

y en esa nada sobre la que predico
he vuelto a traducir de acuarela el horizonte,
a revelarme en enunciados
tangibles como la carne:

“transposición de cuerpos sobre un puente en la frontera/
transfiguración del alma, apenas,
por un tabernáculo del camino…”

y entonces
imprecar a la existencia, anaximandro,
del caos que vuelve y nos devela.

y entonces
ahogarse en un bufido, swedenborg,
que la médula sin asco nos viene a devorar. ¡detenedla!

y entonces
morir al tantra metafísico de crowley,
que “muero porque no muero”…

todo el mundo necesita de la carne para tolerar
la consubstancial impotencia del alma.

yo,

existo simplemente, en cambio.

sábado, 17 de julio de 2010

Alejandro




















a veces pienso en tu alejandro…

¿por qué se ha ido?
si no hay parabrisas más oscuro que el de volver la vista a la niebla
del pasamayo fúnebre del olvido,
ni más inapelable barranco que el de la soledad donde se estrellan
los autobuses todos, de tránsito en el lenguaje
simbólico siempre de los sueños.

si nada más lúgubre existe
que el guillotinado que se entierra por su cuenta…

¿por qué se fue?

¿era un acto de misericordia conclusiva?
¿se cansó ya de negar cada lápida
con su nombre escrito?
¿o de mancillar
la sábana santa de tu cansancio?

¿para dónde fue?

¿ sin novedad ha vuelto al territorio fantasmal donde yacía?
¿hubo un padre austero que le esperaba, acaso
con la merienda lista y la cotidiana propina del escarmiento?

¿existió?
¿o es un invento nuestro?

¿o eres tú mismo en el futuro?
¿o soy yo en mi anterior existencia ?
¿o es el caos sagrado en que se engendran
las teologales leyendas del principio?

(¿todavía te ama?

me pregunto …)

jueves, 15 de julio de 2010

Una mariposa nos visitó esta mañana














una mariposa nos visitó esta mañana
en el salón de clase mientras hablaba
de las mujeres que dando a luz
pierden la vida. y tal vez por ello, mientras jugaban
los niños con la insólita peregrina,
he pensado un poco en los enigmas
de la vida, en la insignificancia
de ciertos destinos o desatinos y en la magia
de los instantes inadvertidos que nos revelan
eso que somos en verdad,
o lo creemos.

se ha perdido mi recuerdo en lontananza, por ejemplo
y te he visto atravesando la frontera de los denuedos,
como un frodo joven perseguido por la sombra
de su propia iniciación jamás pedida.
y a tu madre he visto también a lo lejos,
vidente ciega de azulados misterios
tan alquimista con su repostería del alma
que casi nunca comprendo lo que intenta…
pero sé que es más posible que nosotros, ella
en su inexplicable gravedad de moza antigua.

y he visto la fórmula de mi redención en el aire,
el mito que señala mi sendero en mi figura

he visto los lejanos maestros del olvido olvidados,
he visto la tarde de mi concepción con el arco iris en medio,
he visto la médula infinita que nos contiene,
la ristra del a de ene interrogante…

y revoloteaba la mariposa ante mi vista...


miércoles, 14 de julio de 2010

dos hombres de hojalata por el camino de oz










recuerdo todo cuanto alegremente desperdiciábamos del universo.

recuerdo nuestro armisticio de rosas, también

en aquel casto desfile de lanzas de velásquez

sobre un cielo de imaginaria borgoña .

teníamos entonces el aliento perfectible

de los frutos lacerados por el sol ,

y una desmedida esperanza por la humanidad

que hemos aprendido a curar con el tiempo.

“escribir sobre el pasado es infecundo pasatiempo”,

- me decías-

y me despertabas, acto seguido, con la cita

de un presocrático distraído.

y entonces yo

jugaba con él como se juega

la vida la plebe en sus embestidas.

y jugaba contigo también, mientras

llamaba mi madre para cenar

que ya se enfría.

de modo que, mientras espero degustar un día de aquellos membrillares devotos

del eterno presente, junto a ti como deseo,

me complazco en tu concilio,

en tu imaginaria batalla contra el absurdo que es siempre imaginario.

(porque no es preciso batallar.

aquello es incompatible con quienes ya asumimos el no tiempo).

pero te digo que sí a todo:

que sí a no mirar atrás, y que sí a las vendimias de febrero,

y que sí a los panes sin levadura, y que sí a los molinos de viento,

y que sí, sobretodo, a perseguirme por las nubes convertidas en montera.

porque la felicidad es no es un destino

sino el trayecto.

sábado, 5 de junio de 2010

Policial...

El capitán Elchamir Hassan, subjefe de detectives de la Unidad de Delitos Contra la Propiedad del Departamento de Policía de Nueva York, hurgaba en los archivos los expedientes de fraude, con el propósito de hallar alguna pista que le ayudara a resolver otros hechos similares ocurridos recientemente.
Por la ventana de su oficina en el cuartel general de One Police Plaza, penetraba el resplandor solar y el ruido persistente de la ciudad. Bañada de luz se imponía, sobre su ordenado escritorio, entre los objetos de oficina, la foto familiar: el capitán junto a una hermosa mujer anglosajona, de ojos grandes color esmeralda y dos niños sonrientes de diez y doce años. El uniformado abrió con evidente desgana el fólder amarillento con el informe de uno de los casos, como si intuyera que por ese conducto no llegaría a ninguna parte.
25 de diciembre de 1980. A las 14:00 horas, en el 1848 de Monroe Avenue, Apt. 2-A, miembros de la Unidad de Homicidios del cuartel 46, con una orden de cateo firmada por el juez M. Larek, de la Corte Suprema de Justicia de la ciudad de Nueva York, ejecutaron un allanamiento. Una mujer de 85 años de edad, identificada como Daisy Smith, fue encontrada muerta en el armario. Se produjeron dos arrestos: los esposos Michael y Linda Spencer, afroamericanos de 27 y 23 años de edad respectivamente. Cargos: Homicidio en primer grado, estafa en tercer grado y siete cargos por robo mayor en segundo grado. Alí Ebn Becar también fue puesto bajo arresto para ser interrogado sobre su vinculación con el caso. Escapó del cuartel 46. El Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York ofrece 2.000 dólares de recompensa por información que concluya con su captura.
—¿Alí Ebn Becar?— dijo para sí mismo el capitán Hassan— ¡Imposible! ¡No puede tratarse de la misma persona!
Acto seguido mandó a su secretaria a comunicarle con el cuartel 46. El capitán se acariciaba la barbilla, reflexivo y desconcertado, mientras susurraba el nombre del prófugo. Cerró el expediente y, ansioso, esperó junto a la ventana que sonara el teléfono. Un amargor, una tristeza antigua, que él creía disipada, se instaló en su pecho. Para su suerte, el oficial en jefe que había llevado a cabo el operativo, aún estaba activo en el departamento; lo localizó y le ordenó que se presentara de inmediato ante su despachó.
Un hombre blanco y pecoso, grande como una puerta, entró y, después de saludar, se sentó un tanto contrariado en la silla que el capitán le brindó.
—¿Recuerda usted este caso, oficial? —preguntó Hassan tras pasarle el expediente. El oficial Taylor, mientras lo hojeaba, no se pudo contener y empezó a reírse a mandíbula batiente. Pero la mirada de su superior lo pasmó y el policía se limitó a balbucir una afirmación.
—¡Pues le ordeno que me revele todos los detalles que rodearon el hecho, principalmente la implicación que tuvo el hombre identificado como Alí Ebn Becar!
El oficial miró la ventana, el puente de Brooklyn rayado de automóviles, la ciudad erizada de edificios; tomó aire y empezó a contar:
—Una mañana, si mal no recuerdo, se presentó al cuartel un jovencito de aspecto árabe, con señales de haber recibido una paliza, que pidió hablar con el jefe de jefes. Así, como se lo estoy diciendo. En sus manos llevaba un pequeño álbum de fotografías y en el cuello le colgaba una extraña medalla, semejante a una moneda antigua, cortada por la mitad. Pese a que hace veinte años que sucedió este hecho, recuerdo esos detalles porque de ellos se comentó mucho después que el chico desapareció.
Taylor se echó hacía atrás, generando un chirrido en el respaldo del asiento. Su voz perezosa, la expresión de su cara, el tamborileo de sus dedos en el escritorio, dejaban entrever lo extenso y aburrido del relato. La luz de la ventana aparecía en sus pequeños y vivos ojos como dos cerillas encendidas y chispeantes.
—El jefe me ordenó atenderlo y me hice anunciar como el jefe de jefes, ya que el chico se había negado rotundamente a hablar con un oficial que no ostentara tal rango.
—Vengo a denunciar un homicidio —me dijo, y acto seguido me proporcionó la dirección y el lugar exacto dentro del apartamento donde según él encontraría el cadáver. Le pregunté cómo había podido obtener los detalles de un hecho semejante, y él respondió que durante unos minutos había compartido el armario señalado con el cuerpo sin vida de la víctima, en calidad de prisionero.
El oficial abrió el expediente y extrajo una foto de una anciana sonriente, parada frente a un bizcocho donde rutilaban innumerables velitas. Al fondo de la foto se leía: Happy Birthday, Miss Daisy. Después de pasársela al capitán, le dijo:
—Según el chico, él pudo descubrir el homicidio gracias a esta foto.
Hassan la estudió por unos segundos y luego, con un mohín, le dirigió una mirada inquisitiva al oficial.
—Observe la ventana que aparece en el extremo superior izquierdo de la foto, Capitán. Si se fija bien, a través de esa ventana, se vislumbra un poste del semáforo con dos letreros: Monroe Avenue y la calle 189.
Hassan volvió a mirar la fotografía con más interés, acercándosela a la cara. Después de unos segundos, dijo:
—Con la foto resulta sumamente fácil localizar el apartamento de la anciana, pero ¿de dónde salió la foto y cómo Becar pudo descubrir el homicidio a través de ella?
—En realidad —dijo Taylor—, según el chico, la foto en sí misma no le dijo nada. El lugar donde apareció el pequeño álbum de foto, y otro detalle, fue lo que le hizo concluir que algo extraño estaba sucediendo.
—¿El lugar?
—Sí, capitán. El álbum de fotos fue hallado por el chico en un bote de basura.
—¿Y qué tiene esto de particular?
—Según él, nadie tiraría a la basura un objeto de incuestionable valor familiar. De modo que, al deducir la dirección gracias a la ventana, se presentó al apartamento, no movido por la curiosidad propia de personas de su edad, sino por un interés muy particular: una medalla de media moneda que, si se fija bien en la foto, cuelga del cuello de la anciana.
Hassan se notaba más intrigado.
—El jovencito llamó a la puerta preguntando por miss Daisy —continuó el oficial—. Los usurpadores, una pareja de esposo si no me falla la memoria, le hicieron pasar a la vivienda. Temerosos de que el intruso pudiera denunciar ante las autoridades que ellos, después de haberle robado la identidad a la anciana para apoderarse de su fortuna y de su apartamento, la habían asesinado, tomaron al chico y lo encerraron en el armario.
—¿Y luego? —se desesperó el capitán ante el silencio de Taylor.
—Y luego, mi capitán, lo que sigue le causará risa como todavía me sucede a mí. Abra el expediente y lea usted mismo las declaraciones de Becar.
Hassan tomó el expediente. En unas hojas se hallaban las declaraciones del prófugo escritas en ideogramas, que el capitán perfectamente entendía. En otras, según pudo comparar, había una pobre traducción de dichas declaraciones.
El capitán leyó:
«Mi nombre es Alí Ebn Becar, descendiente directo de Aladino, el hijo del sastre Mustafá, y de la princesa Brudulbudura. Me crié con mi abuelo en la capital de un reino de Asia, muy rico y de vasto territorio. Cuando cumplí quince años, Micea, que así se llama mi abuelo, me entregó como regalo media moneda y me dijo: nieto, he aquí la lámpara maravillosa...
Taylor miraba, expectante, el rostro del capitán, en espera de escuchar sus estallidos de risa. Pero en el semblante de su superior, para su sorpresa, sólo pugnaban por aflorar, a la vez, la amargura y la nostalgia.
»—Debo aclarar —declaraba Becar— que en mi tierra lámpara, cuya traducción proviene de la palabra mudra-bhasabhasa, quiere decir moneda, no algo que pudiera encenderse como un candil; y si el malvado mago africano le había ordenado a Aladino apagar la lámpara en cuanto la hallara en el agujero que a dicho propósito había abierto en las entrañas de la tierra, sólo había querido significar que la cubriera de polvo, para que éste no intentara sacarle brillo frotándola con sus vestidos, acto que despertaría al poderoso genio.
»Micea, después de darme la media moneda, me envió a las Antípodas a buscar la otra mitad, sin la cual la lámpara no produciría ningún prodigio. "Debes hallarla antes de que la estrella Kalka aparezca en el cielo junto a la luna en cuarto menguante, período en que se completan doscientos años, al término de los cuales, por un breve lapso, el genio se despierta", me ordenó el venerable anciano. Llegué a Nueva York, lugar señalado por mi abuelo como el lado opuesto, en el planeta, a Kabac, mi pueblo, y vagué por sus calles lleno de desilusión y sin esperanza. Pero una tarde, ya sin dinero, mientras buscaba en los botes de basura algún mendrugo con que mitigar el hambre, mi corazón saltó de alegría. Fotografiada en el cuello de una anciana estaba la otra mitad de la lámpara maravillosa. Corrí, siguiendo la dirección que se veía en una ventana y llamé a la puerta de un apartamento, en el que, a través de vecinos, supe que vivía miss Daisy. Pero este fue el principio de mis calamidades. Después de ser sometido a interrogatorio, vejado y golpeado hasta casi perder el sentido, fui sepultado en un ropero oscuro, sin esperanza de salir con vida. Pasadas unas horas, recuperadas parte de las fuerzas, hurgué en el armario y di, aterrado, con un cuerpo embutido en una gruesa funda de plástico. Era miss Daisy y, bendito sea Alá, todavía llevaba en el cuello la media moneda.
»No puedo describir la angustia que sentí en esos momentos. Al romper el plástico, un hedor asfixiante me hizo contener la respiración y alertó a mis secuestradores. En tanto escuchaba sus pasos acercándose, yo manipulaba torpemente las dos mitades de la moneda, rogando al Altísimo que se produjera el milagro. Así fue como aparecí ante la puerta del cuartel 46 para denunciar a los maleantes. Y, del mismo modo, valiéndome de la lámpara maravillosa, pienso abandonar este lugar, donde me mantienen esposado a una mesa por la mano izquierda, en calidad de prisionero, por un crimen que yo mismo he ayudado a resolver».

—¿Y qué sucedió luego? ¿Cómo Becar pudo escapar del cuartel estando esposado?
El oficial no podía creer que todavía el capitán estuviera interesado en una historia que él, y cualquiera con sentido común, consideraba absurda.
—¡Pero capitán! —Exclamó— ¿No se da cuanta que el chico nos había tomado el pelo? Lógicamente Becar no escapó como por arte de magia, como nos quiso hacer creer en sus declaraciones. El chico, al parecer, tenía consigo una llave para abrir esposas. Salir del cuartel le fue sumamente fácil debido a la escasez de vigilancia que suelen tener los centros policiales los días de Navidad.
—¿Y qué les hizo pensar que Becar era cómplice de los asesinos y no un simple informante?
—Pues, capitán, por la historia. ¿Quién, en esta época, podría creen en cuentos de genios y hadas?
El capitán, con el rostro demudado en un gesto de furor, abrió la gaveta del escritorio y sacó una pequeña revista de promociones turísticas.
—¡Abra la página cuatro, oficial! —ordenó— Allí hallará la propaganda de Kabac, una ciudad rica y de vasto territorio de Asia. ¿Y quiere saber cómo se llama el emir de la ciudad? Alí Ebn Becar, oficial Taylor. Y para que empiece a creer en fenómenos extraordinarios, le contaré una breve historia. Yo, oficial Taylor, nací en Kabac. A los veinte años iba a desposar a la mujer más hermosa de la ciudad no bien entrado el año 1981. Pero, en la víspera de la aparición de la estrella Kalka junto a la luna en cuarto menguante, que corresponde a la Navidad en este lado del mundo, algo inefable para mí, y descomunal, sucedió. Murió el emir y en su lugar fue impuesto su prófugo, oficial Taylor, Alí Ebn Becar. Para la coronación, las autoridades de la ciudad convocaron a las mujeres de mayor hermosura, para que el nuevo mandatario escogiera a sus esposas. Ya usted se debe de imaginar lo que sufrí al saber que mi amada iba a compartir la cama con el hombre más poderoso de mi tierra. Me pasé la noche maldiciendo y reclamándole una explicación al Altísimo sobre el mal que me había sobrevenido. En la mañana, desvanecido, caí en un profundo sueño. En el sueño se me apareció un anciano, vestido con ropas modernas, occidentales, quien, abriéndose paso por entre las nubes, levantó su mano y señaló una gran ciudad que ardía de luces junto al océano. "Esa es Nueva York", me dijo. "Allá descubrirás la verdad".

domingo, 30 de mayo de 2010

La apoteosis de las llavecitas

escucha: es el tren que se despierta.

si corremos cuesta abajo le podremos alcanzar
por el añejo cigoñal de palo.

se despierta también el rosicler, la ingenua nube;
el apetecible candor de los cerezos
en el cafeto,
y quiere envolvernos la solapa con su bálsamo…

escucha: en tu zapato ha despertado la libélula.

hizo un invierno tan bonito anoche,
un compartido sueño de crepusculares orquídeas,
un banquete de mendigos sobre hortensias,
que me temo ya nunca
volveré a revolotear en tu mirada
sin apetito.

escucha: se ha despertado en mis bolsillos
la apoteosis de las llavecitas.

martes, 4 de mayo de 2010

Faustino Quispe

El misericorde teúrgo, con el que Paracelso soñaba, vivió en la Incontrastable.
Solía indagar por la naturaleza de los males en ciertos reflejos que los astros se han asignado en los órganos vitales.
Alguna vez, también, incubó el legendario amaru bífido dentro de un huevo de gallina negra; logró domesticarlo inclusive hasta hacerlo subir por las escaleras de su laboratorio. Esto tuvo que suceder, como indica el libro, cerca del tiempo de las cruces en mayo, cuando el frío del Huaytapallana se despeña desde la cumbre hacia el valle y se oye, a golpe de las tres de la mañana, ese espeluznante sollozo de quena forjada con huesos de wambla que un condenado errante toca cerca de los huertos en Cajas Chico.
“Durante nueve noches de aquel mes terrible hay que beber el jarabe de la bífida culebra sumergida en caña pura de Matibamba y jalea real para alcanzar así la vida eterna de los Taytas”. La fórmula –dicen- se la dio el último de los Apoalayas. Otros infieren, en cambio, que se la aprendió del mismo Huiracocha durante el efímero paso que ese Maestro hizo por la capilla gnóstica de Huamanmarca.
Pero ¿acaso alguien es digno de la eternidad en este valle de lágrimas? razonó Faustino con el brebaje ya en la mano. Por ello, con extrema precaución, guardó el menjunje en un escaparate de su inmensa casa. La ansiada panacea fue, desde entonces, un rumor unánime entre los wankas asiduos a los chismes de feria. Es sabido que, entre otros, ambicionaron esa pócima el mago Castillo y la ciega Mama Ambrosia de Sapallanga, sendos rivales en exorcismos y sanaciones de don Faustino.
Con el curso sucesivo de los mayos el número de chacras dio paso a bloques de modernas casas; en Cajas Chico dejó de oírse también, un día, el quejido de los ccarccarias; las negras y larguísimas polleras se trocaron por breves miriñaques entre las wamblas, y hasta la feria dominical dejó de hacerse en la calle milenaria como había ocurrido siempre.
El prodigioso bálsamo de Quispe despareció también de los rumores de media tarde, postergado entre enredos nuevos sobre tapados o crías de cuervo, sin que ni siquiera se la llegara a beber su dueño: porque Quispe, reverente teúrgo, murió casi de lo mismo con lo que se mueren los profanos: del desembalse de su propia vida; ni siquiera alcanzó a completar la regla de “diez veces del total de años alcanzados hacia el final del desarrollo físico” que predican los galenos de su especie.
El remedio de la serpiente se insinuó apenas cierto día en que se halló, entre los papeles de Quispe, un mapa cifrado en clave, rubricado también con un misterioso epígrafe estampado en lengua quechua de dialecto wanka que rezaba: “por las evoluciones esféricas, circulares, que se enroscan sutilmente en espirales compuestos; la doble serpiente antigua que Moisés y Tulu Anya frecuentaron -y que a mi pobre humanidad me fue dado advertir- yace alegre de su propio secreto, junto a la puerta oblicua: la más compleja de alcanzar”.
Luego de esto nadie jamás volvió a mentar la insólita infusión.
Mucho tiempo después ya, cerca de la hermética capilla de Huamanmarca, alguien edificó un monumento en honor de la serpiente; otra culebra similar se yergue también sobre la copa de mayo y una escalera de palo en el Cerrito de La Libertad. Faustino Quispe, inclusive, alcanzó cierta forma de inmortalidad mudando su terrenal sustantivo por un rótulo de avenida.
…Pero hay uno de los que leen esta historia que sí sabe dónde está tal bebedizo.

contenido y continente


sin aquella palabra que me contiene
no hubiera de tu alma sino el sueño
en que me encuentro,
el juego al cual me abstraigo,
la no existencia de mi destierro…
sería como el clima agorero
de las instancias,
el paisaje no previsto
de mi antiguo éxodo…
sería la lluvia, tal vez,
que acaricia y en la grava

a su naturaleza vuelve.

parábola de los prodigios

yo invocaba en secreto el milagro,
con la clara tristeza que alumbra lo infinito,
y creía luego yo tocar su manto
con la esquina de mi sombra propia
descansada…

e imperceptible a los afanes de la estrella poniente,
el milagro en secreto se urdía,
cual humilde salario en las jornadas de la plebe
nacía el milagro de su mano peregrina
y obediente…

oteaba, en tanto, el cielo innumerable de las cosas
con los ojos invisibles de la esfera inabarcable.
yo creía, sin crear, en su presagio inaprensible
tal como quien ama la fatiga de su virtud…

y en secreto yo invocaba el milagro

y en secreto el milagro se urdía…

lunes, 3 de mayo de 2010

folium ejus non defluet


la infancia
son las flores
que amarillas
la guirnalda coronan,
y llevamos
en la tierra
o bajo tierra.

la infancia
es el crepúsculo solar
de un nombre que es el nuestro.

y cuando la sordina amante
nombra
nos conduce del incógnito brazo
por el cuerpo,
y aparece vuestro fruto
que es unánime.

y la vida…
y el instante…
y el recuerdo…

porque
el agua misma avanza,
o enmudece al signo que la detiene
o que infinito
la trashuma.

estacionamiento a dos cuadras



principia la lluvia. es noviembre,
y de todos los meses, la lluvia cala
en el alma natural que los peatones obvian,
y en el impermeable tejido que les cubre
cada mañana
en su mecánico noviembre de abulia.

recoge también sus pensamientos el tiempo
labrador de los días, el tiempo
que es el clima inmaterial de la muerte toda.

y en tanto noviembre, sobre la rambla, discurra
¿qué habrá de ser cada partícula mañana
cuando el transeúnte sin impermeable se descubra?

y ¿qué de lo que hoy es aguacero turbio?
¿qué de los meandros del espanto a la demora?
¿qué del sinuoso silencio público?

principia la lluvia. es noviembre.
estación húmeda…


huancayo 2010

domingo, 2 de mayo de 2010

hallazgo del cuerpo de dolor


mirar la senda de la frontera hasta hacerse uno con ella
y en ella…

que el sol se ha puesto ya de las falanges
a la cima del retorno
y de su ciencia
a la frontera de leoneras y de antojos.

pero, ¿acaso
no soy yo el hacedor de la gleba?
¿ no es la efigie un hábito de mi sombra?
¿ no es la alfombra el valle donde habitan sus deseos?

ser el volumen propio, es cuanto codicia
el entendimiento.
ello y revelar la fórmula del verbo en que se nos imita
(hay una línea muy tenue, -lo sé-,
entre el ser de los operadores
y el capitular de los arteros en su misma industria).

iod he vau he,
comunícame hoy una razón
por cada una de las rosas en mi frente.