sábado, 11 de diciembre de 2010
Un llamado
lunes, 15 de noviembre de 2010
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martes, 21 de septiembre de 2010
Hildegarde
Nunca pude conocer un refugio mejor para el dolor de mi vana cotidianeidad.
Tenía su habitación el aroma de los cafetales en flor (o es, al menos, así como prefiero recordarlo); y la paz que en ella viví es inefable como toda experiencia mística perfecta.
Hildegarde lo cocinaba todo con miel; amasaba el pan con el fervor del alquimista y adornaba el centro de su mesa con las flores de estación.
No era de carcajadas, sino de leves sonrisas perfumadas de vainilla.
Muchas tardes la perseguí en un juego loco por la selva bajo una lluvia de mariposas desprevenidas.
Mas, ahora que la cercanía del mar me ha vuelto grave la recuerdo.
Cuando la lluvia de arena descubre la miseria de mi tienda, es el espíritu de Hildegarde quien todo lo ordena.
Adivino un faro en lo lejano de mi vasto invierno.
Hildegarde sabe mi nombre y me espera.
martes, 20 de julio de 2010
El gran pez

aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas,
yo te amo, ciudad.
Yo te amo, ciudad,
cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza
amenazando disolverte el rostro numeroso,
cuando hasta el silente cristal en que resido
las estrellas arrojan su esperanza,
cuando sé que padeces,
cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos,
cuando mi piel te arde en la memoria,
cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces,
yo te amo, ciudad.
Yo te amo, ciudad,
cuando desciendes lívida y extática
en el sepulcro breve de la noche,
cuando alzas los párpados fugaces
ante el fervor castísimo,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
como un niño que dice acepto y pone su mejilla.
Yo te amo, ciudad,
porque te veo lejos de la muerte,
porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez, con tu radiante
rostro de un pez que se presiente libre;
porque la muerte llega y tú la sientes
cómo mueve sus manos invisibles,
cómo arrebata y pide, cómo muerde
y tú la miras, la oyes sin moverte, la desdeñas,
vistes la muerte de ropajes pétreos,
la vistes de ciudad, la desfiguras
dándole el rostro múltiple que tienes,
vistiéndola de iglesia, de plaza o cementerio,
haciéndola quedarse inmóvil bajo el río,
haciéndola sentirse un puente milenario,
volviéndola de piedra, volviéndola de noche
volviéndola ciudad enamorada, y la desdeñas,
la vences, la reclinas,
como si fuese un perro disecado,
o el bastón de un difunto,
o las palabras muertas de un difunto.
Yo te amo, ciudad
porque la muerte nunca te abandona,
porque te sigue el perro de la muerte
y te dejas lamer desde los pies al rostro,
porque la muerte es quien te hace el sueño,
te inventa lo nocturno en sus entrañas,
hace callar los ruidos fingiendo que dormitas,
y tú la ves crecer en tus entrañas,
pasearse en tus jardines con sus ojos color de amapola,
con su boca amorosa, su luz de estrella en los labios,
la escuchas cómo roe y cómo lame,
cómo de pronto te arrebata un hijo,
te arrebata una flor, te destruye un jardín,
y te golpea los ojos y la miras
sacando tu sonrisa indiferente,
dejándola que sueñe con su imperio,
soñándose tu nombre y tu destino.
Pero eres tú, ciudad, color del mundo,
tú eres quien haces que la muerte exista;
la muerte está en tus manos prisionera,
es tus casas de piedra, es tus calles, tu cielo.
Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente,
cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.
Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra,
yo soy quien vela el trazo de tu sueño,
quien conduce la luz hasta tus puertas,
quien vela tu dormir, quien te despierta;
yo soy un pez, he sido niño y nube,
por tus calles, ciudad, yo fui geranio,
bajo algún cielo fui la dulce lluvia,
luego la nieve pura, limpia lana, sonrisa de mujer,
sombrero, fruta, estrépito, silencio,
la aurora, lo nocturno, lo imposible,
el fruto que madura, el brillo de una espada,
yo soy un pez, ángel he sido,
cielo, paraíso, escala, estruendo,
el salterio, la flauta, la guitarra,
la carne, el esqueleto, la esperanza,
el tambor y la tumba.
Yo te amo, ciudad,
cuando persistes,
cuando la muerte tiene que sentarse
como un gigante ebrio a contemplarte,
porque alzas sin paz en cada instante
todo lo que destruye con sus ojos,
porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas,
y siempre estás, ciudad, ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.
Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella,
navegarte la dura superficie dejando el mar,
dejarlo con su espejo de formas moribundas,
donde nada recuerda tu existencia,
y perderme hacia ti, ciudad amada,
quedándome en tus manos recogido,
eterno pez, ojos eternos,
sintiéndote pasar por mi mirada
y perderme algún día dándome en nube y llanto,
contemplando, ciudad, desde tu cielo único y humilde
tu sombra gigantesca laborando,
en sueño y en vigilia,
en otoño, en invierno,
en medio de la verde primavera,
en la extensión radiante del verano,
en la patria sonora de los frutos,
en las luces del sol, en las sombras viajeras por los muros,
laborando febril contra la muerte,
venciéndola, ciudad, renaciendo, ciudad, en cada instante,
en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas.
domingo, 18 de julio de 2010
Verticalidad
todo el mundo necesita llamar
su existencia a lo invisible,
a la nada que es omnímoda matriz
de cuanto nos puebla,
al vértigo molecular de las distancias
por las que somos.
y en esa nada sobre la que predico
he vuelto a traducir de acuarela el horizonte,
a revelarme en enunciados
tangibles como la carne:
“transposición de cuerpos sobre un puente en la frontera/
transfiguración del alma, apenas,
por un tabernáculo del camino…”
y entonces
imprecar a la existencia, anaximandro,
del caos que vuelve y nos devela.
y entonces
ahogarse en un bufido, swedenborg,
que la médula sin asco nos viene a devorar. ¡detenedla!
y entonces
morir al tantra metafísico de crowley,
que “muero porque no muero”…
todo el mundo necesita de la carne para tolerar
la consubstancial impotencia del alma.
yo,
existo simplemente, en cambio.
sábado, 17 de julio de 2010
Alejandro

del pasamayo fúnebre del olvido,
ni más inapelable barranco que el de la soledad donde se estrellan
los autobuses todos, de tránsito en el lenguaje
simbólico siempre de los sueños.
si nada más lúgubre existe
que el guillotinado que se entierra por su cuenta…
¿por qué se fue?
¿era un acto de misericordia conclusiva?
¿se cansó ya de negar cada lápida
con su nombre escrito?
¿o de mancillar
la sábana santa de tu cansancio?
¿para dónde fue?
¿ sin novedad ha vuelto al territorio fantasmal donde yacía?
¿hubo un padre austero que le esperaba, acaso
con la merienda lista y la cotidiana propina del escarmiento?
¿existió?
¿o es un invento nuestro?
¿o eres tú mismo en el futuro?
¿o soy yo en mi anterior existencia ?
¿o es el caos sagrado en que se engendran
las teologales leyendas del principio?
(¿todavía te ama?
me pregunto …)
jueves, 15 de julio de 2010
Una mariposa nos visitó esta mañana
en el salón de clase mientras hablaba
de las mujeres que dando a luz
pierden la vida. y tal vez por ello, mientras jugaban
los niños con la insólita peregrina,
he pensado un poco en los enigmas
de la vida, en la insignificancia
de ciertos destinos o desatinos y en la magia
de los instantes inadvertidos que nos revelan
eso que somos en verdad,
o lo creemos.
se ha perdido mi recuerdo en lontananza, por ejemplo
y te he visto atravesando la frontera de los denuedos,
como un frodo joven perseguido por la sombra
de su propia iniciación jamás pedida.
y a tu madre he visto también a lo lejos,
vidente ciega de azulados misterios
tan alquimista con su repostería del alma
que casi nunca comprendo lo que intenta…
pero sé que es más posible que nosotros, ella
en su inexplicable gravedad de moza antigua.
y he visto la fórmula de mi redención en el aire,
el mito que señala mi sendero en mi figura
he visto los lejanos maestros del olvido olvidados,
he visto la tarde de mi concepción con el arco iris en medio,
he visto la médula infinita que nos contiene,
la ristra del a de ene interrogante…
y revoloteaba la mariposa ante mi vista...
miércoles, 14 de julio de 2010
dos hombres de hojalata por el camino de oz
recuerdo todo cuanto alegremente desperdiciábamos del universo.
recuerdo nuestro armisticio de rosas, también
en aquel casto desfile de lanzas de velásquez
sobre un cielo de imaginaria borgoña .
teníamos entonces el aliento perfectible
de los frutos lacerados por el sol ,
y una desmedida esperanza por la humanidad
que hemos aprendido a curar con el tiempo.
“escribir sobre el pasado es infecundo pasatiempo”,
- me decías-
y me despertabas, acto seguido, con la cita
de un presocrático distraído.
y entonces yo
jugaba con él como se juega
la vida la plebe en sus embestidas.
y jugaba contigo también, mientras
llamaba mi madre para cenar
que ya se enfría.
de modo que, mientras espero degustar un día de aquellos membrillares devotos
del eterno presente, junto a ti como deseo,
me complazco en tu concilio,
en tu imaginaria batalla contra el absurdo que es siempre imaginario.
(porque no es preciso batallar.
aquello es incompatible con quienes ya asumimos el no tiempo).
pero te digo que sí a todo:
que sí a no mirar atrás, y que sí a las vendimias de febrero,
y que sí a los panes sin levadura, y que sí a los molinos de viento,
y que sí, sobretodo, a perseguirme por las nubes convertidas en montera.
porque la felicidad es no es un destino
sino el trayecto.
sábado, 5 de junio de 2010
Policial...


domingo, 30 de mayo de 2010
La apoteosis de las llavecitas
si corremos cuesta abajo le podremos alcanzar
por el añejo cigoñal de palo.
se despierta también el rosicler, la ingenua nube;
el apetecible candor de los cerezos
en el cafeto,
y quiere envolvernos la solapa con su bálsamo…
escucha: en tu zapato ha despertado la libélula.
hizo un invierno tan bonito anoche,
un compartido sueño de crepusculares orquídeas,
un banquete de mendigos sobre hortensias,
que me temo ya nunca
volveré a revolotear en tu mirada
sin apetito.
escucha: se ha despertado en mis bolsillos
la apoteosis de las llavecitas.
martes, 4 de mayo de 2010
Faustino Quispe
Solía indagar por la naturaleza de los males en ciertos reflejos que los astros se han asignado en los órganos vitales.
Alguna vez, también, incubó el legendario amaru bífido dentro de un huevo de gallina negra; logró domesticarlo inclusive hasta hacerlo subir por las escaleras de su laboratorio. Esto tuvo que suceder, como indica el libro, cerca del tiempo de las cruces en mayo, cuando el frío del Huaytapallana se despeña desde la cumbre hacia el valle y se oye, a golpe de las tres de la mañana, ese espeluznante sollozo de quena forjada con huesos de wambla que un condenado errante toca cerca de los huertos en Cajas Chico.
“Durante nueve noches de aquel mes terrible hay que beber el jarabe de la bífida culebra sumergida en caña pura de Matibamba y jalea real para alcanzar así la vida eterna de los Taytas”. La fórmula –dicen- se la dio el último de los Apoalayas. Otros infieren, en cambio, que se la aprendió del mismo Huiracocha durante el efímero paso que ese Maestro hizo por la capilla gnóstica de Huamanmarca.
Pero ¿acaso alguien es digno de la eternidad en este valle de lágrimas? razonó Faustino con el brebaje ya en la mano. Por ello, con extrema precaución, guardó el menjunje en un escaparate de su inmensa casa. La ansiada panacea fue, desde entonces, un rumor unánime entre los wankas asiduos a los chismes de feria. Es sabido que, entre otros, ambicionaron esa pócima el mago Castillo y la ciega Mama Ambrosia de Sapallanga, sendos rivales en exorcismos y sanaciones de don Faustino.
Con el curso sucesivo de los mayos el número de chacras dio paso a bloques de modernas casas; en Cajas Chico dejó de oírse también, un día, el quejido de los ccarccarias; las negras y larguísimas polleras se trocaron por breves miriñaques entre las wamblas, y hasta la feria dominical dejó de hacerse en la calle milenaria como había ocurrido siempre.
El prodigioso bálsamo de Quispe despareció también de los rumores de media tarde, postergado entre enredos nuevos sobre tapados o crías de cuervo, sin que ni siquiera se la llegara a beber su dueño: porque Quispe, reverente teúrgo, murió casi de lo mismo con lo que se mueren los profanos: del desembalse de su propia vida; ni siquiera alcanzó a completar la regla de “diez veces del total de años alcanzados hacia el final del desarrollo físico” que predican los galenos de su especie.
El remedio de la serpiente se insinuó apenas cierto día en que se halló, entre los papeles de Quispe, un mapa cifrado en clave, rubricado también con un misterioso epígrafe estampado en lengua quechua de dialecto wanka que rezaba: “por las evoluciones esféricas, circulares, que se enroscan sutilmente en espirales compuestos; la doble serpiente antigua que Moisés y Tulu Anya frecuentaron -y que a mi pobre humanidad me fue dado advertir- yace alegre de su propio secreto, junto a la puerta oblicua: la más compleja de alcanzar”.
Luego de esto nadie jamás volvió a mentar la insólita infusión.
Mucho tiempo después ya, cerca de la hermética capilla de Huamanmarca, alguien edificó un monumento en honor de la serpiente; otra culebra similar se yergue también sobre la copa de mayo y una escalera de palo en el Cerrito de La Libertad. Faustino Quispe, inclusive, alcanzó cierta forma de inmortalidad mudando su terrenal sustantivo por un rótulo de avenida.
…Pero hay uno de los que leen esta historia que sí sabe dónde está tal bebedizo.
contenido y continente

sin aquella palabra que me contiene
no hubiera de tu alma sino el sueño
en que me encuentro,
el juego al cual me abstraigo,
la no existencia de mi destierro…
sería como el clima agorero
de las instancias,
el paisaje no previsto
de mi antiguo éxodo…
sería la lluvia, tal vez,
que acaricia y en la grava
a su naturaleza vuelve.
parábola de los prodigios
yo invocaba en secreto el milagro,con la clara tristeza que alumbra lo infinito,
y creía luego yo tocar su manto
con la esquina de mi sombra propia
descansada…
e imperceptible a los afanes de la estrella poniente,
el milagro en secreto se urdía,
cual humilde salario en las jornadas de la plebe
nacía el milagro de su mano peregrina
y obediente…
oteaba, en tanto, el cielo innumerable de las cosas
con los ojos invisibles de la esfera inabarcable.
yo creía, sin crear, en su presagio inaprensible
tal como quien ama la fatiga de su virtud…
y en secreto yo invocaba el milagro
y en secreto el milagro se urdía…
lunes, 3 de mayo de 2010
folium ejus non defluet

la infancia
son las flores
que amarillas
la guirnalda coronan,
y llevamos
en la tierra
o bajo tierra.
la infancia
es el crepúsculo solar
de un nombre que es el nuestro.
y cuando la sordina amante
nombra
nos conduce del incógnito brazo
por el cuerpo,
y aparece vuestro fruto
que es unánime.
y la vida…
y el instante…
y el recuerdo…
porque
el agua misma avanza,
o enmudece al signo que la detiene
o que infinito
la trashuma.
estacionamiento a dos cuadras

principia la lluvia. es noviembre,
y de todos los meses, la lluvia cala
en el alma natural que los peatones obvian,
y en el impermeable tejido que les cubre
cada mañana
en su mecánico noviembre de abulia.
recoge también sus pensamientos el tiempo
labrador de los días, el tiempo
que es el clima inmaterial de la muerte toda.
y en tanto noviembre, sobre la rambla, discurra
¿qué habrá de ser cada partícula mañana
cuando el transeúnte sin impermeable se descubra?
y ¿qué de lo que hoy es aguacero turbio?
¿qué de los meandros del espanto a la demora?
¿qué del sinuoso silencio público?
principia la lluvia. es noviembre.
estación húmeda…
huancayo 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
hallazgo del cuerpo de dolor

mirar la senda de la frontera hasta hacerse uno con ella
y en ella…
que el sol se ha puesto ya de las falanges
a la cima del retorno
y de su ciencia
a la frontera de leoneras y de antojos.
pero, ¿acaso
no soy yo el hacedor de la gleba?
¿ no es la efigie un hábito de mi sombra?
¿ no es la alfombra el valle donde habitan sus deseos?
ser el volumen propio, es cuanto codicia
el entendimiento.
ello y revelar la fórmula del verbo en que se nos imita
(hay una línea muy tenue, -lo sé-,
entre el ser de los operadores
y el capitular de los arteros en su misma industria).
iod he vau he,
comunícame hoy una razón
por cada una de las rosas en mi frente.