miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cántico del Ccarccaria



I

Los errores que hube cometido,
Lo indigno de mis vidas pasadas,
Con creces, en esta vida que vivo,
Lo habrè de pagar, sin faltar nada.

II

Sonrisas, escasas para mì, han sido.
Errante ola, temblorosa barca,
Ansiedad loca, inexplicable sino.
Tan solo sonreir, antes de la parca.


III

Amantes amigos, a mì me han faltado,
Y no los añoro, ni los hecho en falta..
Solo deseo, poder estar callado.

IV
Hermosos sentimientos, o vileza llana.
No los recuerdo, los he olvidado;
Solo deseo, silencio en el alma.

martes, 24 de noviembre de 2009

El primero de los Demiurgos

Acaso parezca extravagante lo que voy a contar, pero he de advertir que sale de mi corazón como la inocencia de los niños, pues si de esa natural manera no surgiera, no hablara. Cuanto narro es tan verdad como yo mismo al cumplir la más larga edad que jamás alcanzó hombre alguno, y ello sin haberlo pretendido. Tienes, pues, que creerme, tanto en los hechos que relato como en los caracteres y opiniones que de los personajes digo.
Nací en lugar tan apartado y alejado de toda Sociedad que sus habitantes, menos de cien, desconocían la palabra alcalde; nada afirmo de policía, procesamiento, cárcel, Poder y Gobernación. Al alcanzar la mocedad, recién abandonado el sueño plácido de la adolescencia, mi ser era pura Naturaleza. Por entonces, poco sabía de metáforas y literaturas, mas al observar cómo el Sol desaparecía tras las rojas laderas de las montañas, clausurando la jornada, y cómo surgía de nuevo, ante la salutación de las aves, mi corazón, alegrado, susurraba:
- El Mundo es bello y bueno, posee misterio y anuncia acaecimientos.
En esta fórmula puede resumirse mi tranquilo y ensimismado talante de aquel tiempo. La edad de todas las momias, sumada por centenares de calculistas, resultar
ía joven frente a los años transcurridos desde entonces. Sin embargo, cuando recuerdo aquella disposición, siento advenir a mis huesos el vivificante calor del entusiasmo sin causa. Dicen que los dioses y los animales sólo tienen Historia Natural, pues, alejados de toda competencia y cambio, viven absortos en la Concordia y Continuidad de la Creación, sin salir de sí ni padecer alienaciones. En esta Historia hubiera pasado mi existencia de no suceder algo extraordinario. Y fue que, un día, estando en un campo de cebada, vi un niño de unos siete años, que parecía tiritar sin dejar de mirarme. Aunque no mal parecido, era criatura canija y endeble, como si hubiera sufrido una ley de diferenciación desde el vientre de la madre. Sobre el campo de cebada, su presencia resultaba, a la vez, triste y hermosa, vulgar e importante.
- Siéntate al sol, que tiemblas -dije.
- Siempre tiemblo: de frío, de hambre, de miedo.
• ¿Quién eres?
- La representación del Pueblo, realidad que hace posible la existencia de la casta pensante y gobernante, de los templos levantados a los dioses y de los monumentos erigidos a los sucesos, en suma: de cuanto muchos apodan grandeza. Como habitante del Planeta, encarno la necesidad de protestar, y aquí estoy con esta figura, parábola de los hechos. Pero también soy el Primero de los Demiurgos llamados a sonsacarte, arrancarte de la Naturaleza y lanzarte a las cosas de los hombres. Pertenezco a la Sexta Clase de los Espíritus, cuya misión consiste en traer la queja a la Tierra. Vine para abrirte los ojos y mostrarte el Mundo.
Quedé conturbado. Presentí que podía existir algo más allá de la Naturaleza y su parsimonia, y sentí miedo de conocerlo. Por su parte, el niño cambió de voz y comenzó a decir con angustiosa precipitación:
• Así de endeble como me ves, mucho tardé en alcanzar estos campos; y ya que estoy aquí, tras arrastrarme con daño por buscarte, voy a comunicarte la noticia. En la Tierra no existe una sola verdad. Pero todavía ocurre algo peor: señorea la mentira, la arbitrariedad y la casualidad. Allá abajo, lejos de esta soledad, prospera la Feliz Gobernación, o conjunto de mandarines, legos, becarios, cabezas rapadas y gente de estaca. Con estas palabras te contagio la capacidad de conocer el terrible suceso.
Al oír la nueva y recibir esta capacidad, quedó a mis pies el mozo que yo había sido. El absorto ser y su armonía con la Naturaleza murieron por la percepción de lo histórico. La transmutación fue tan grande que mi cuerpo entró en cataclismo: enfrióse mi estómago, ardieron mis mejillas, temblaron mis extremidades, latieron mis sienes, y toda mi esencia se estremeció. Al instante surgieron novísimas comparecencias: la ira, el odio y la constante irritación ante los hechos, fundamento de mi futuro talante. Lloré.
- ¡Es cierto!, ¡es cierto! ¡Existe la Feliz Gobernación! -agregó el Demiurgo entre sollozos, sus infantiles ojos puestos en los míos. Y, conforme repetía la noticia, más llorábamos sin consuelo.
Luego se calmó y murmuró:
- Ahora debes dejar tus tierras, bajar a la llanura y visitar el Reino de los Mandarines, llamado el Hecho, a fin de que la intención racional, la modestia y la espontaneidad combatan la Premeditación y la Impostura con la perenne protesta. La misión es muy dura, porque te convertirá en un solitario entre novecientos millones. ¿Te angustia?
No supe responder.
- Ocurra lo que ocurra -añadió-, has de saber que yo no te elegí ni pretendí estas cosas. No quise despertar tu inocencia; no quise que dejaras la Naturaleza ni abandonaras a tus padres y a tu gacela; no quise que pisaras las heredades, palparas enemigos ni experimentaras el Poder de la Casta. Por consiguiente, no me imputes los sucesos.
Tampoco respondí.
- Para comenzar, habrás de cambiar de nombre -prosiguió--. Ya no te llamarás como tus padres decidieron, sino Eremita, por motivo de encarnar la soledad y monólogo de la espontaneidad que protesta. Más adelante recibirás encargo de realizar otros destinos a los
que también conviene ese nombre. Sé que la palabra Eremita suena a estrafalario. Empero, no serás el único que lleva un nombre fuera de su gusto.
- ¿Cuál es el tuyo?
- Llámame Enclenque. ¡Vuelve a tu casa y prepárate para la misión! Otros Demiurgos te saldrán y conducirán en el camino hacia la Feliz Gobernación. Nuestro encuentro ha terminado; fue breve, pero decisivo. Ya no podrás decir que te gusta el Mundo.
- ¿No te veré más?
- Recuerda que soy un niño enfermo; padezco escrófulas, las piernas se me doblan. De vez en cuando, sin que lo presienta, caigo y siento dolor en las llagas abiertas, porque la Naturaleza es dura y sin piedad, sorda y muda. Herido en el suelo, soy soledad, temores y angustias, mientras oigo estridular los insectos; como he de curarme con saliva, tardo en sanar. Sin embargo, me verás, aunque me retrase, o por lo menos, me oirás y advertirás.
- Enclenque, si encarnas la necesidad de protestar, ¿cómo eres tan paciente y sufrido? -pregunté.
- Eremita, corazón ingenuo -repuso-, poco sabes de resignaciones, primera ley de los Espíritus. El amor se resigna ante los hechos, y la vida, ante la muerte; habitar el mundo es una gran resignación; una individualidad es una resignación. Porque soy endeble y me llamo justamente Enclenque, he de aceptar mis padecimientos, que algunos llaman destino, ya que no puedo salir de mí ni transmutarme otro, aquí o en cualquier estrella. Igual ocurre a millones de hombres abandonados a la Feliz Gobernación, que les traza su destino inexorablemente, pues la Casta obra allí como Fatalidad. ¡Protesta por ellos!
- Parvulito, alégrate, porque tengo el ánimo dispuesto y siento bullir en mi ser el deseo de bajar y protestar. ¡Nací para ello!
El Demiurgo se acercó trabajosamente, abrazó mis piernas y exclamó:
- Porque mostraste amor por el ultrajado, allí donde estés, estará mi corazón.
Y, tras despedirnos, quedó sentado sobre el campo de cebada, solitario y triste, porque un niño escrofuloso no corre ni anda mucho.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Despedida de la tribu

Sé que ninguna de las palabras que iré poniendo en esta carta bastarán para arrancarte este dolor. Pero permitime que me acerque a vosotros desde la sinceridad de las mismas: en ellas trataré de que este adiós no los deje tan llenos de dudas. Sé lo hermoso que ha sido nuestro amor, sé que despoblarás los días al irse de mi vida, sé que me quedaré con el alma hecha trizas.

Pero entenderás que nací en el mundo de manera diferente, puesto a perseguir una lejana esperanza que acaso sólo sea una utopía, inalcanzable como tal. Ahora los veré atando cabos, relacionando cosas que les dije con estas que les digo ahora. Querrás acaparar en la desdicha, la razón de nuestra separación, y no podrás hallarle sentido a lo que te digo: nos separa el infinito, nos separa el amor.

No estoy huyendo de los compromisos, pero en cierta forma no estoy de acuerdo en ceñir los sentimientos en esas formas más elaboradas de la prisión que son las relaciones formales.


No necesito para amarlos aprovacion alguna simplemete los amo, No me veo yo en esos roles porque la maldición de sentirme un espíritu libre me conduce inevitablemente a la soledad.

Lo sé, tercamente voy hacia lo desconocido, y llevo conmigo un corazón que se enamoró de vosotros y no los olvidará. Pero sus expectativas, amados, son tales, que ya me veo no cumpliéndolas.


Pero regresa, regresa con la angustia y con los azotes de la sobriedad. Las tormentas de mi corazón van a dar contra la serenidad de sus murallas y mi marea se tranquiliza. Salgo del tiempo y veo que nada tendrá sentido si no obedezco a ese llamado, esa voz que me quiere libre, libre de vosotros y libre de mí.

Me sueño águila sostenida en el aire por los ojos del día. Me sueño delfín en los mares añiles que ningún barco acarició con estelas de espuma y sacudones de proa. Me sueño mariposa transparente en un jardín que se sosiega al crepúsculo mientras se muere un poeta o un valiente. Me sueño en una galaxia remota, con estrellas proféticas anudando mis arterias a esos destinos colosales que uno asociaría con la palabra eternidad. Me sueño lágrima y puente, hombre de alas y hombre de besos, me siento latido rugido entrega risa torbellino mundo. Hay días en que me decías que andaba muy callado, y es porque mi único amo, que es el silencio, tenía sus dedos en mi garganta y hacía huecos en mi ventrículo izquierdo, desde el cual una ventana y un hilo carmesí hacían tirabuzón en mi estrella del oriente. Ahora mismo sé que pensarás que deliro, y sin embargo, lo que acabo de decirte es perfectamente comprensible en el lenguaje que habitualmente manejo con los míos. No. No cometás ese error: no los incluyo entre los míos, y no es porque no los ame, dulzuras mías, es porque me refiero a aquellos que están ligados a la verificación de ese destino de libertad del que te hablaba. Vosotros estáis en otra vereda, otro sendero, tus pies de tierra caminan con alborozo los caminos de la tierra, vuestra belleza luminosa se estremece con la simple alborada, tus manos trabajan el mundo y lo hacen y deshacen sin mayores complicaciones.

Nosotros somos como habitantes forasteros, estamos de paso, ninguna casa es la nuestra, ningún árbol nos pertenece, sólo nos cobija el sol, amados hijos del sol y nos consuela la luna, no dejamos huellas porque no somos del tiempo, nuestra patria se extinguió hace milenios, somos errantes y nuestra sangre lleva lava y diamantes, lleva corales, lleva martirios, lleva una venganza que sólo sostenemos como meta trivial para seguir andando, lleva un sueño a cumplir allí donde se rasga el velo del mundo.

Ayer trataba de explicarles un poco cómo era todo esto. Pero noté que se opacaba tu mirada y preferías entretenerte en hacer palomitas de papel con las servilletas. Me dolió pero lo sabía: un día llegaría el día de seguir sin vosotros. A vuestro lado fui tan feliz que si pienso en ello, se debilita la voluntad que tendrá que alejarte, y demoraré indefinidamente algo que tarde o temprano sucederá, insistiendo en herirnos y haciendo todo mucho más difícil. No me enamoré de otra mujer ( IGLESIA), aunque no sería raro en mí dado mi ánimo soñador y mi ocurrente lujuria( DE CONOCIMIENTO).

Simplemente los dejo porque me siento un guerrero. Mi abuelo (que no es mi abuelo, es mi guía y se llama Hilarión) diría que estoy hablando de más, y tendría razón. Un guerrero no se enreda en tantas explicaciones, eso significa que intento vivir como guerrero y mientras tanto, cierta humanidad que en el fondo es debilidad, me lleva a realizarte alguna que otra confesión.

Dirás que soy despiadado: yo me enorgullecería de ello, aunque no concibas lo que te digo. Y al hacerte daño, reviso mis valores y reflexiono seriamente si quiero seguir en este camino. Y sí, me respondo que sí. Que sí. Seguiré porque acaso no tengamos nada más noble que obedecer el grito del destino, esa inasible fuerza que a veces, como vocación, nos lleva de un lado para el otro.

Creemos en el desapego. No significa que siempre lo podamos ejercer con ligereza. Más bien nuestro desapego está hecho de cierta costumbre que tenemos de despedirnos de todo en todo momento.

Eso le da un relieve insospechado al presente, pero su precio es la ruptura que no se detiene de todos los atavismos que mal que bien, y como "seres humanos", nos dan seguridad.

Hay un saboteador en nuestra sangre que continuamente malogra nuestra dicha con su sermón: todo pasará. Y esa misma frase viene en nuestro auxilio cuando un dolor nos ha despedazado: también pasará este dolor.

A la luz de esta inobjetable verdad, disfrutamos de todo con la máxima intensidad, pues lo sabemos todo pasajero. Ahora veo pasar nuestros días felices, nuestros besos, dejando en el abrazo donde antes entraba yo, un espacio sin aire, sin fuego, un recuerdo que ni siquiera quiere insistir en quedarse con vosotros.

Amados míos, acaso me sigás viendo de vez en cuando. No busqués en mí a ese que te amó hasta hoy. Acongojado y lleno de contradicciones, he acabado hoy con élla. He quemado tus cartas de amor, no usaré la ropa que me regalaste, el osito Gastón se lo di a mi hermana, ya no hay fotos nuestras. Lo que fuimos tantos años ya es sólo un largo sueño maravilloso. Exigencias brutales me sacan de tu lado, algo así como el arte de quedarse liviano significa dejarte, quedar desprovista de la costumbre de verlos

Permitíte el perdón, no me odiés porque yo no dejaré de amarlos jamás. El guerrero se lleva a su siempre todo lo que adoró en la vida, no lo lleva como equipaje o accesorios, lo lleva en su constitución etérea: el guerrero deja el mundo pero está hecho de sus afectos, su tristeza, su voluntad, su hidalguía. Amor de mi vida, en mi sangre estás ahora, nadie usurpará ese sitio, quiero que seas feliz, muy feliz, sin mí.

Tuyo, pero libre, te ama.

El hijo de la tribu.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El viejo día


El viejo día sin meta quiere que vivamos

Y que lloremos y nos empapemos con su lluvia y su viento.
¿Por qué no quiere dormir siempre en el albergue de las noches
El día que amenaza las horas con su palo de mendigo?

Tibia es la luz en los dormitorios del hospital de la vida;
Queridos pensamientos forman el paciente blancor de los muros.
Y la piedad que ve que la dicha se aburre
Hace nevar el cielo vacío sobre los pobres pájaros heridos.

No despiertes la lámpara, el crepúsculo es nuestro amigo,
Nunca viene sin traernos un poco de buen viejo tiempo.
Si lo echases de nuestra habitación, la lluvia y el viento
Se burlarían de su triste manto gris.

Por cierto, ah, si existe dulzura aquí abajo
Sólo puede estar en los viejos cementerios graves y buenos
Donde ya no dice sí la debilidad, donde el orgullo ya no dice no,
Donde la esperanza no atormenta más a los hombres cansados.

Por cierto, ah, allá, bajo las cruces, cerca del mar indiferente
Que sólo piensa en el tiempo pasado, los que buscan
Hallarán por fin sus almas de sonrisas ansiosas por la espera
Y los seguros consuelos de las noches mejores.

Echa al fuego este alcohol, cierra bien la puerta,
Hay en mí pecho seres abandonados que tiritan de frío.
Se diría realmente que toda la música está muerta
Y las horas son tan largas.

No, no quiero verte más como mi amiga:
Sólo debes ser algo, créeme, sumamente grato,
Humo en el techo de una choza, en el ocaso:
Tienes el rostro de la buena jornada de tu vida.

Posa tu dulce cabeza otoñal en mis rodillas, cuéntame
Que hay un gran navío, muy solo, muy solo, mar adentro;
No olvides decirme que sus luces tienen frío
Y que sus ropajes de tela le dan risa al invierno.

Háblame de los amigos muertos desde hace largo tiempo.
Duermen en tumbas que no veremos nunca jamás,
Allá muy lejos, en un país color de silencio y de tiempo.
Si volviesen, ¡cómo sabríamos amarlos!

En la taverna junto al río hay viejos huérfanos
Que cantan porque el silencio de sus almas les da miedo.
De pie en el umbral de oro de la casa de las horas
La sombra hace el signo de la cruz sobre el vino y el pan.

En Tí me quedo




De vuelta de una gloria inexistente,
después de haber avanzado un paso hacia ella,
retrocedo a velocidad indecible,
alegre casi como quien dobla la esquina de la
calle donde hay una reyerta,
llorando avergonzado como el adolescente
hijo de viuda sexagenaria y pobre
expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.
Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.

La esperanza es el quicio de una puerta
de la casa que fue desarraigada
de sus cimientos por los huracanes:
quicio-resquicio por donde entro y salgo
cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),
del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),
del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

No importa, sin embargo.

Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente
la distancia que separa Tokio de Copenhague,
pero con más rapidez todavía
me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros
de mí mismo,
de prisa,
muy de prisa,
en un abrir y cerrar de ojos,
en sólo una diezmilésima de segundo,
lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora,
que me permite,
si mis cálculos son correctos,
estar en este instante aquí,
después mucho más lejos,
mañana en un lugar sito a casi mil millas,
dentro de una semana en cualquier parte
de la esfera terrestre,
por alejada que os parezca ahora.
Consciente de esa circunstancia,
en muchas ocasiones emprendo largos viajes;
pero apenas me desplazo unos milímetros
hacia los destinos más remotos,
la nostalgia me muerde las entrañas,
y regreso a mi posición primera
alegre y triste a un tiempo
-como dije al principio:
alegre,
porque sé que tú eres mi patria,
amor mío;
y triste,
porque toda patria, para los que la amamos,
- de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
tiene también bastante de presidio.

Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus piernas y tus brazos,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,
doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,
descansando en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Nocturno Luminoso



Como un mapa pintado de violento amarillo sobre una pared gris,

como una mariposa aparecida de súbito en medio de los niños en el aula,
inesperadamente así, cuando es más noche la noche de los ciegos extraviados
en el laberinto,
puede aparecer de pronto una figura humana que sea como un cirio
dulcemente encendido,
como el sol personal, o como el recuerdo de que hay también estrellas
y hermosura,
y algo bello cantando todavía entre las viejas venas de la tierra.
Como un mapa o como una mariposa que se queda adherida en un espejo,
la dulce piel invade e ilumina las praderas oscuras del corazón;
inesperadamente así, como la centella o el árbol florecido,
esa piel luminosa es de pronto el adorno más bello de una vida,
es la respuesta pedida largamente a la impenetrable noche:
una llama de oro, un resplandor que vence a todo abismo,
un misterioso acompañamiento que impide la tristeza.

Como un mapa o como una mariposa así de simple es amar.
¡Adiós a las sombras, a los días ahogados de hastío, al girovagar la Nada!
Amar es ver en otra persona el cirio encendido, el sol manuable y personal
que nos toma de la mano como a un ciego perdido entre lo oscuro,
y va iluminándonos por el largo y tormentoso túnel de los días,
cada vez más radiante,
hasta que no vemos nada de lo tenebroso antiguo,
y todo es una música asentada, y un deleite callado,
excepcionalmente feliz y doloroso a un tiempo,
tan niño enajenado que no se atreve a abrir los ojos, ni a pronunciar una palabra,
por miedo a que la luz desaparezca, y ruede a tierra el cirio,
y todo vuelva a ser noche en derredor
la noche interminable de los ciegos.