sábado, 30 de abril de 2011

Rusalka

Era un invierno verde con la selva y mi sola imagen
reflejada en la pared humilde como  debilidad.
Recuerdo mi fiebre y las manos que me cuidaron,
el interminable túnel en el que mi alma se encontró
con su carne inadvertida
y dormida.

Cuánto extraño el delicado
adormecimiento de la muerte y los recuerdos
felices que en la agonía se contemplan. Extraño
el húmedo aroma y los inabarcables
ruidos que en la noche
de las noches se oyen y ese miedo 
que transfómase de a poco en una  forma de alegría.

Y sobretodo
tu voz que me llamaba
como perdido llama el niño
a su madre entre las gentes.
"Toma mi mano y llévame
contigo" me decías.
"Qué voy a hacer tan solo como estoy
y solitario como soy
en este paisaje del Bosco
que desconozco,
en esta sinfonía inapetente de Berlioz
en que descanso de mi vida".

Pero retorné, casi sin ganas y te ví
-bien lo recuerdo-
extraviado sobre mi pecho, temblando.

"Luna de plata" del "Rusalka"
era el sonido que en mis oídos cantaba
¿serías tu quien lo silbaba?
¿sería el himno de la noche
 con el bienvenidos son
 los nacidos
dos veces?

Supe entonces que era el momento de despertar.

Amaringo se quedó durmiendo.

miércoles, 20 de abril de 2011

Un mensaje de la selva

Un mercader persa había conseguido un ejemplar de una especia rarísima de ave. El pájaro estaba acostumbrado a la libertad, y la vida enjaulado le resultaba muy penosa. El mercader le cojió cariño al ave, y decidió aliviar su cautiverio. Le propuso que expresara un deseo y se lo concedería inmediatamente. Por supuesto, el ave no podía pedir la libertad.
- Este es mi deseo. Quiero que vayas a la selva, y cuando encuentres a uno de mi especie, le cuentes la penosa situación en la que me hallo. Solo tienes que decirle que estoy enjaulado. Nada más. Luego debes contarme su reacción.
- Me parece un deseo muy modesto. No comprendo porqué te contentas con tan poco, pero haré lo que dices.
El mercader se dirigió a la selva, y después de mucho buscar descubrió otro ejemplar de esa rarísima especie.
- Pájaro, por favor ven aquí. No temas no quiero capturarte. Solo quiero cumplir el deseo de un semejante tuyo. Me ha encargado que te anuncie que un hermano tuyo está enjaulado en mi casa. Su mayor deseo era que te lo hiciera saber.
En cuanto escuchó esta palabras, el ave cayó desplomada. ¿Estaba muerta?. Parecía que la vida le había abandonado de pronto.
El mercader estaba desolado y no lograba explicarse lo sucedido. Tal vez el ave era muy sensible y la noticia del cautiverio de un semejante suyo había provocado una emoción fatal.
De vuelta a casa, el hombre se apresuró a contarle lo sucedido al prisionero, según lo acordado.
En cuanto el mercader terminó de hablar, el ave cayó desplomada. Exactamente igual que su semejante en la selva.
Una vez más, el mercader atribuyó lo sucedido a la extrema sensibilidad de estos animales.
"Probablemente la muerte de un semejante suyo le ha causado una profunda impresión. He cometido un error. No tenía que haber enjaulado a un pájaro tan sensible. Habría hecho mejor dejándolo en libertad. ¡Ahora entiendo porque hay tan pocos ejemplares de esta especie! Lo menos que puedo hacer por su noble alma es enterrarle".
El mercader abrió la jaula y sacó al prisionero, que estaba completamente inerte.
Le colocó un momento en el alfeizar, mientras seguía observándole, muy compungido por el cariz que habían tomado las cosas.
Entonces el ave, como si hubiera vuelto a la vida, dio un respingo y con un aleteo rapidísimo salió por la ventana.
- Ahora entenderás porque mi hermano, en la selva, cayó desplomado cuando le dijiste que yo estaba enjaulado. Gracias a él puedo huir y volar libre por el cielo. Fue él quién me sugirió lo que debía hacer: simular que estaba muerto.
El ave saludó a su carcelero, que le seguía con la mirada estupefacto.