martes, 4 de mayo de 2010

parábola de los prodigios

yo invocaba en secreto el milagro,
con la clara tristeza que alumbra lo infinito,
y creía luego yo tocar su manto
con la esquina de mi sombra propia
descansada…

e imperceptible a los afanes de la estrella poniente,
el milagro en secreto se urdía,
cual humilde salario en las jornadas de la plebe
nacía el milagro de su mano peregrina
y obediente…

oteaba, en tanto, el cielo innumerable de las cosas
con los ojos invisibles de la esfera inabarcable.
yo creía, sin crear, en su presagio inaprensible
tal como quien ama la fatiga de su virtud…

y en secreto yo invocaba el milagro

y en secreto el milagro se urdía…

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