martes, 4 de mayo de 2010

Faustino Quispe

El misericorde teúrgo, con el que Paracelso soñaba, vivió en la Incontrastable.
Solía indagar por la naturaleza de los males en ciertos reflejos que los astros se han asignado en los órganos vitales.
Alguna vez, también, incubó el legendario amaru bífido dentro de un huevo de gallina negra; logró domesticarlo inclusive hasta hacerlo subir por las escaleras de su laboratorio. Esto tuvo que suceder, como indica el libro, cerca del tiempo de las cruces en mayo, cuando el frío del Huaytapallana se despeña desde la cumbre hacia el valle y se oye, a golpe de las tres de la mañana, ese espeluznante sollozo de quena forjada con huesos de wambla que un condenado errante toca cerca de los huertos en Cajas Chico.
“Durante nueve noches de aquel mes terrible hay que beber el jarabe de la bífida culebra sumergida en caña pura de Matibamba y jalea real para alcanzar así la vida eterna de los Taytas”. La fórmula –dicen- se la dio el último de los Apoalayas. Otros infieren, en cambio, que se la aprendió del mismo Huiracocha durante el efímero paso que ese Maestro hizo por la capilla gnóstica de Huamanmarca.
Pero ¿acaso alguien es digno de la eternidad en este valle de lágrimas? razonó Faustino con el brebaje ya en la mano. Por ello, con extrema precaución, guardó el menjunje en un escaparate de su inmensa casa. La ansiada panacea fue, desde entonces, un rumor unánime entre los wankas asiduos a los chismes de feria. Es sabido que, entre otros, ambicionaron esa pócima el mago Castillo y la ciega Mama Ambrosia de Sapallanga, sendos rivales en exorcismos y sanaciones de don Faustino.
Con el curso sucesivo de los mayos el número de chacras dio paso a bloques de modernas casas; en Cajas Chico dejó de oírse también, un día, el quejido de los ccarccarias; las negras y larguísimas polleras se trocaron por breves miriñaques entre las wamblas, y hasta la feria dominical dejó de hacerse en la calle milenaria como había ocurrido siempre.
El prodigioso bálsamo de Quispe despareció también de los rumores de media tarde, postergado entre enredos nuevos sobre tapados o crías de cuervo, sin que ni siquiera se la llegara a beber su dueño: porque Quispe, reverente teúrgo, murió casi de lo mismo con lo que se mueren los profanos: del desembalse de su propia vida; ni siquiera alcanzó a completar la regla de “diez veces del total de años alcanzados hacia el final del desarrollo físico” que predican los galenos de su especie.
El remedio de la serpiente se insinuó apenas cierto día en que se halló, entre los papeles de Quispe, un mapa cifrado en clave, rubricado también con un misterioso epígrafe estampado en lengua quechua de dialecto wanka que rezaba: “por las evoluciones esféricas, circulares, que se enroscan sutilmente en espirales compuestos; la doble serpiente antigua que Moisés y Tulu Anya frecuentaron -y que a mi pobre humanidad me fue dado advertir- yace alegre de su propio secreto, junto a la puerta oblicua: la más compleja de alcanzar”.
Luego de esto nadie jamás volvió a mentar la insólita infusión.
Mucho tiempo después ya, cerca de la hermética capilla de Huamanmarca, alguien edificó un monumento en honor de la serpiente; otra culebra similar se yergue también sobre la copa de mayo y una escalera de palo en el Cerrito de La Libertad. Faustino Quispe, inclusive, alcanzó cierta forma de inmortalidad mudando su terrenal sustantivo por un rótulo de avenida.
…Pero hay uno de los que leen esta historia que sí sabe dónde está tal bebedizo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario