martes, 21 de septiembre de 2010

Hildegarde

Todos los días mi voz se deslizaba con la garúa hacia la escalera que daba a la puerta de Hildegarde.
Nunca pude conocer un refugio mejor para el dolor  de mi vana cotidianeidad.
Tenía su habitación  el aroma de los cafetales en flor (o es, al menos, así como prefiero recordarlo); y la paz que en ella viví es inefable como toda experiencia mística perfecta.
Hildegarde lo cocinaba todo con miel; amasaba el pan con el fervor del alquimista y adornaba el centro de su mesa con las flores de estación.
No era de carcajadas, sino de leves sonrisas perfumadas de vainilla.
Muchas tardes la perseguí en un juego loco por la selva bajo una lluvia de mariposas desprevenidas.
Mas, ahora que la cercanía del mar me ha vuelto grave la recuerdo.
Cuando la lluvia de arena descubre la miseria de mi tienda, es el espíritu de Hildegarde quien todo lo ordena.
Adivino un faro en lo lejano de mi vasto invierno.
Hildegarde sabe mi nombre y me espera.