Invocaba yo en secreto el prodigio
bajo alguna tristeza del espacio,
y era el sol apenas blanco
con mi sombra manifiesta
hacia lo húmedo
o lo ciertamente estrellado del abismo.
Crepúsculo que marchitas lo apetecible,
suave aureola que defines la frontera
de las comunes cosas
y la impúdica materia
que nos revela. En ti
yo conjuraba el milagro. En ti
desencarné hacia lo cierto.
Y creía sin creer,
presagiando aquello que otros vieron
antes, o cuánto ignoraron –que no es poco-.
E invocando en secreto el prodigio
este llegó como a los pobres
de pronto se les concede una sonrisa.

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