sábado, 30 de abril de 2011

Rusalka

Era un invierno verde con la selva y mi sola imagen
reflejada en la pared humilde como  debilidad.
Recuerdo mi fiebre y las manos que me cuidaron,
el interminable túnel en el que mi alma se encontró
con su carne inadvertida
y dormida.

Cuánto extraño el delicado
adormecimiento de la muerte y los recuerdos
felices que en la agonía se contemplan. Extraño
el húmedo aroma y los inabarcables
ruidos que en la noche
de las noches se oyen y ese miedo 
que transfómase de a poco en una  forma de alegría.

Y sobretodo
tu voz que me llamaba
como perdido llama el niño
a su madre entre las gentes.
"Toma mi mano y llévame
contigo" me decías.
"Qué voy a hacer tan solo como estoy
y solitario como soy
en este paisaje del Bosco
que desconozco,
en esta sinfonía inapetente de Berlioz
en que descanso de mi vida".

Pero retorné, casi sin ganas y te ví
-bien lo recuerdo-
extraviado sobre mi pecho, temblando.

"Luna de plata" del "Rusalka"
era el sonido que en mis oídos cantaba
¿serías tu quien lo silbaba?
¿sería el himno de la noche
 con el bienvenidos son
 los nacidos
dos veces?

Supe entonces que era el momento de despertar.

Amaringo se quedó durmiendo.

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